Solía hacer largos paseos de noche, antes de que sea hora de regresar a casa. Hubo un tiempo, en que estuvimos en guerra, los hombres vestían de gris y a las mujeres se les obligaba a usar siempre los mismos vestidos al salir a la calle.
Y en el paradero de los buses siempre estaba sentada ella, con unas cuantas cajas de cigarro, porque o las vendía, o se las acababa entera. Tenía el cabello recogido, y una piel bastante nívea para ser humana; como si hubiese salido de un lago congelado. También tenía las piernas bastantes delgadas, a punto de romperse.
Yo iba siempre al paradero, mirando de reojo. Era un simple cadete, que solía enviar mensajes de un lugar de la ciudad a otro.
Siempre a las diez pasaba por allí y ella se iba siempre en la misma ruta de bus. Un día me aventure a preguntarle su nombre y corrió despavorida, habrán sido tal vez, mis zapatos o mi intimidan uniforme. Tenía una vaga sonrisa que hacía a mi mente imaginar una tierra bañada en sutiles matices de colores.
Otro día volví a pasar y le pregunté su nombre. Reconoció mi cara, y me dio un cigarro.
Pasamos la noche entera conversando, la cual no fue la mejor conversación debido a incómodos silencios. Hablamos un poco de todo. De música, de películas, ella tenía muchos artistas, yo apenas conocía algunos. Y algún día aspiraba a ser uno.
Paseamos y vimos bastantes crímenes regados por la ciudad, tantos que nos parecieron asquerosos. Recogimos algunos conejos que por ahí se hallaban, curiosamente ella hablaba de ellos como personas, y yo, le creía. Vi que algunos hasta besos daban a sus manos.
Y al momento de llegar a su casa la dejé, y seguí mi camino.
Todos los días pasaba y la veía siempre con la misma forma de sentarse y esperar el bus. A veces le saludaba desde lejos. A veces me ignoraba, otras veces me saludaba de vuelta.
Al terminar la guerra, me dediqué a seguir llevando cartas y a mandar las mías a alguna editorial. Casi nada había cambiado, excepto que la seguía viendo, ya no en el paradero. Si no en los parques, en el cine, y a veces recolectando conejos, incluso sobre los escombros de ciertas partes de la ciudad.
En la silueta de tu figura, hay varios encajes que hacen que me sonroje. Son tus prendas interiores, las que a la larga me han vuelto. Desde que la primera vez que las vi, cuando éramos apenas unos jóvenes, hasta el día hoy, que ya estamos envejeciendo.
Has sido una rebelde, trayendo siempre los mismos encajes de una niña de trece, y yo me he arrodillado ante esa figura tierna de tus piernas. He perdido la mente, y el uso de razón, con solo verte semidesnuda, al filo de la que solía ser nuestra cama. Qué más bien parecía una cámara de secretos.
Siempre a los lados nos mirábamos abstraídos del mundo.
Era un espectáculo divino, como tus bragas se bajaban y abrían el paso directo a que yo me acercara. A veces se bajaban solas, a veces yo las bajaba. Y se hacía un pequeño silencio entre los dos. Habían varios cigarros regados por la habitación. Unas cuantas colillas amontonadas, para forma un castillo después.
¿Que más era de nosotros? Ya casi no recuerdo. Solo estábamos ahí con nuestros ridículos cuerpos, inertes al borde de la cama. Solías bailar en mi torso, mientras una malévola sonrisa se te dibujaba.
Había del otro lado de tu cuerpo, unos pechos fuera de peso, eran tiernos y delicados. Eran color azulados, y solían mover mi ser a un mundo casi intangible. El color de tus pezones eran rosados. Color que se asimilaba al borde de tus labios.
De un borde a otro, de una realidad a otra solías movernos, a mi, a las otras tú al borde de la cama. Donde podíamos descansar. Un poco de ti, un poco de mi.
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