El sentimiento de dolor era grande en la parvada de humanos, sobre la cima del monte. Todos y cada uno de ellos entre si se gritaban: ¡Bestias! ¡Bestias! ¡Comida! ¡Comida! ¡Religión! ¡Mujeres! mientras que al otro lado del monte los animales preparaban un festín. Una buena comida. El cielo era azul, cayéndose en un gris metálico. Los corazones estaban afligidos, los corazones estaban injuriados. Y ahí entre toda la maldad, nació el primer hombre, que quiso hacerse con un bastón, ya sea para la muerte, ya sea para la guía.
¡Bastón hecho del hueso de la generación anterior! Era lo que solían gritarles las hembras. A lo que el contestaba siempre: ¡Los viejos a la tumba! ¡Los jóvenes a lo obra. Así se creo el hombre, y así siempre será.
Esta, era una vieja narración, que solía contarme contarme la Tía Tomasa. Y yo me quedaba fascinado siempre con los detalles que se comentaban. Grandes hombres que bajaban del blanco cielo, haciéndonos caminar en dos patas; historias de grandes hombres que derrumbaron ciudades. Era solo un niño, y solía asustarme.
…
Los días eran casi asfixiantes, la tía Tomasa, solía llevarme a un campo donde los niños trabajábamos por el bien del otro. Niño con niño, tomados de la mano. Y si mi mente mal no lo recuerda, la regla siempre fue el que encuentre, comparte. Y así era nuestra vida de infantes.
Una vida de infantes, plagada de tanto trabajo, que apenas si tuvimos tiempo para las cosas de la vida. No teníamos tiempo para esas cosas importantes, que acontecía una revolución entre nosotros. ¿Por qué el cielo cambia el color? ¿Por qué la luna no ama el sol? ¿Por qué el sol mientras más brilla, más daña el cuerpo del hombre? ¿Por que trabajamos?
Nunca tuvimos el tiempo completo; o eso era lo que yo pensaba.
Entre la comunidad, había una clase de niños más listos. Que siempre solían con báculos caminar, evitando el trabajo y ganándose el alimento de nosotros. Diciendo todos ellos: “Tenemos figuras que crear, pues llegara el día en que ellos sucumban ante nosotros”. Y yo perplejo, con temor me asustaba, ¿Crearían ellos una bestia con la cual luchar? ¿Crearían ellos una bestia a la cual hay que entregarle el trabajo? En ese entonces yo no sabía. Eramos solo unos niños para preocuparnos en las bestias, siempre había una cosa que hacer, una cosa que dominar.
Habían tierras para todos nosotros. Lugares, donde podríamos cultivar la tierra. Ganar carne. Comer, tragar, absorber, parasitar, destruir. Pues, si el Recuerdo no quiere unirse al Egoísmo, dejara a mi mente, invocar, los días de traslado. Habíamos agotado muchos ríos, muchas tierra, extinguido una que otra fauna. Eramos una clase distinta de animal, podíamos dominar a los seres pequeños. Eramos como pequeños dioses en la tierra. Dioses en una comunidad.
…
No había si mal recuerdo una niña, que nos diera un abrazo toda la vida. Todas ellas, en mayor o menor medida, eran bellezas públicas. “La mujer se comparte, la mujer no es de uno, el hombre al trabajo, y la mujer a satisfacer al hombre; Así siempre ha sido, así siempre será”, la tía tomasa siempre decía esto, antes de tomarme como un neófito de la vida, y hacerme acostar en su lecho.
No obstante, había algo curioso en las hembras, que molestaba a mi ser. Todas ellas, cada una, eran bastas y horribles. Excepto una de ellas, Georgette, la que al campo solía ir conmigo, siempre con la carga liviana, pues no se sentía mujer, no obstante, nunca pudo hacerse hombre.
…
-¿Por que hacemos esto?- le pregunté georgette una tarde de cosecha.
-Porque la comunidad es buena, eres de la comunidad. No puedes largarte de ella, y aunque quisieras, somos una familia, de distintas madres, es cierto pero somos una familia, no somos bestias que viven en el campo, no somos bestias que surcan los aires. No tenemos alas, ni dientes largos, ni grandes patas para destruir árboles. Simplemente, somos bestias que pueden cosechar, y de cuando en cuando matar a los pequeños animales, que encontramos por ahí. Después nada. Solo tenemos el trabajo, la familia, la tierra, y la Muerte que siempre espera. Recuerda, somos unas simples bestias.
-¿Por que?
-Porque así siempre ha sido; Así siempre será.
¿Que tenía de especial el trabajo? ¿Qué tenía de especial la familia? ¿A donde íbamos? De donde veníamos. Era siempre las preguntas, que formulaba. Y todos, siempre en complot, tal vez contra mi, siempre contra mi, solían decir: “Así siempre ha sido; Así siempre será? Pero acaso, ¿no les molesta ello?
….
-Vivimos en una terrible miseria- Solía comentarme siempre la tía tomasa, cuando llegaba a nuestra choza, después repartir su belleza ante los demás.-pero no importa acércate y hazme el amor. Hazme olvidar.
¿Y como podía yo negarme a ello? Era un impulso, terrible, pero acogedor. Un incendio que recorría, dentro de mi ser, pero aún así, gustaba mucho. Era un espectáculo entre nosotros dos, tan bello, como horripilante a los ojos de otro. Una conferencia de nuestros cuerpos desnudos, debatiendo el poder. ¿Cómo podía no gustarme? Si siempre yo marcaba el fin del espectáculo, y siempre el que obtenía el poder de los dos, era yo.
…
Los días siempre fueron, monótonos, a excepción por los días en los cuales todos gozábamos dentro de la misma choza, un espectáculo, dado por los hombres de níveos cabellos. En las paredes rojas pinturas de nosotros, eran plasmadas. Las eternas empresas para conseguir la carne, la siempre hermosa y magistral manera de darle muerte a un animal. Nuestras manos dominando bestias más grandes. Era un espectáculo de arte, bestia con bestia aprendiendo la ley de la subsistencia. Y siempre fuimos, según los hombres de postura encorvada, las bestias mas fuertes.
No obstante todo dio un giro el día que la familia Goman, una familia que solía siempre reunirse en cuevas alejadas y sacar de su cuerpo algo de humo, introdujo algo revolucionario, que atentaba con muchos de nosotros. Algo que según ellos decía era el inicio, y el fin de nuestros días. Se les decía por esos entonces Dioses.
Eran figuras antropomórficas, llenas de heridas en el cuerpo, que, según ellos eran las heridas de nuestros actos funestos. De cabezas prominentes, parecidas a las bestias que solían llevarse a nuestros hermanos. Unas de ellas tenía la cabeza de un perro, y los ojos de una lechuza, nos dijeron a los convocados, que era el más temible de todos. Era el guardián de la entrada a una tierra compartida entre dos mundos, donde todos nuestros caminos se anexaban, y terminaban. Si bien podía llevarnos a un lugar, al cual los goman, les decía cielo, por otro lado podía llevarnos a un terrible escenario llamado infierno, nombrada por ellos mismos también.
Pasmados todos con la mirada, solo apuntaron a lanzar un grito a los aires. Todos, gritaban despavoridos “Ahora, ¿a dónde iré a ocultarme? ¿Que lugar es seguro?”. Pero nadie, en esa reunión pudo dar una respuesta. Los Goman, habían desaparecido.
…
El tiempo había transcurrido muy lento, demasiado lento inclusive para aquellos que solo dedicaban el día al cierre de los ojos y al aumento del monte de carne. Nadie sabía que hacer o decir, los Goman habían desaparecido, y unos a otros, todos se atormentaban con ideas. “¿Y si el infierno sube a la tierra? Sería una desgracia. Toda una vida gastada. ¡Que insignificantes todos!” eran las tristes palabras mas escuchadas por esos días.
Entonces vi que por ahí paseaba Carisma, una de las más hermosas mujeres que habitaban entre nosotros. Aún no era una belleza pública, pues su padre siempre, al acercamiento de un hombre solía salir con armas en mano y gritarnos. Pues sí, en más de una ocasión me había acercado.
-¿Que haces paseando tan sola, con tantos hombres sueltos Carisma?
-¿Es una broma? Es un día especial para pasear. Ademas no hay porque preocuparme, todos se preocupan en los supuestos dioses. ¿No has visto? Hay mucho trabajo sin terminar. Pero no me sorprende todos son iguales.
-¿A qué te refieres?
-Es que no lo ves, esta preocupación terminara en una dependencia hacia los dioses, muchos se arrodillaran pidiendo perdón, otros en cambio dejaran el trabajo en el campo para adorarlos toda la vida. Pobre de ellos, se perderán de esto tan lindo que llamamos vida. ¿Y tú crees en los dioses?
-No lo sé Carisma, ¿Cómo no creer en algo que ha sido inmortalizado en piedra?
-Es cierto, olvidé Leonardo, que aún eras solo un niño. Apenas dos años ¿Cierto? Recuerdo tu edad, el momento en el que me tocó vivirla, pareciese que han pasados miles de vidas desde entonces, y mira que aún tengo tres años. Pues te explicare, ¿vez eso que crece en la tierra?
Esa jovial flor, pues ella mismo nació, y ella misma alcanzará la muerte, no hay nadie sobre ella, nadie que pueda evitar que con el tiempo resulte hermosa, u horripilante, ya depende de como ella crezca. Pues bien, en algo nos parecemos a las flores, con el paso del tiempo nos hicimos así de extraños, recurriendo a algo que nosotros llamamos trabajo, para poder florecer. Y no nos ha ido tan mal. ¿No lo crees?
-Pues, hasta hoy nunca he visto nada terrible, nada que me haga querer abandonar el hogar. El hogar siempre ha sido hermoso. Siempre ha sido una buena unión entre todos nosotros. Me costaría pensar que alguien se “marchite”.
-Exacto Leonardo, el hogar, este hogar en el que vivimos, es un paraíso para nosotros. Así siempre fue, pero no se quedará así para siempre. Llegará el día, pues mi padre, que ha viajado por otras tierras suele decírmelo seguido, en el cual, no todo será perfecto. Llegará el día negro en el cual se nos impongan grandes seres. Serán causantes de nuestra belleza, también de nuestro terrible infortunio. Amaremos a la muerte y a la vida por igual. Nuestras empresas serán por alguien, ya no serán nuestras; y el día que marchitemos, a nuestro alrededor, veremos una multitud de flores otorgandonos un pase al más allá. Nos darás a nosotros objetos para ir a ese lugar que tanto mencionan.
…
La duda que había plantado en mi Carisma, se vio disuelta el día en el cual los Goman, realizaron la primera revolución. La revolución del dios. Y ahí se nos vio a todos nosotros, arrodillados en el fango, por el temor a que nos comiera e hiciera de nosotros un festín.
Mil metros medía, quince cabezas poseía y en sus brazos bastones poseía. Uno de la vida, otro de la muerte. Y se nos presento como el creador del universo, el que todo lo sabía. El que todo lo predecía. Controlador del funesto destino. Tenía hijos regados por todo el mundo, la maldad, la pereza, el egoísmo, la violencia, el amor, la felicidad, y otros tantos cuyos nombres no importaron.
Pues eran muchos y variados.
Entonces entre toda la multitud de hombres congregados, se alzo Francisco, incitando entre nuestros corazones, la bienvenida de la palabra del “dios”
-Aceptad señores, señoras, a este Dios sobre los otros. Aceptadlo y temedle, pues suyo es vuestro destino. Suyo son vuestros deseos y maldades. El decidida vuestro camino, los erguirá en el camino del bien, o sus hijos los llevaran a la funesta muerte como un árbol torcido. ¡Infelices! Toda la vida lo serán si no han de obedecer.
Y así en un acto de magnitud colosal, el hombre agacho por primera vez la cabeza.
-Eso me gusta, eso me encanta de ustedes; Ahora bien. El Dios presente, os hará una revelación, por medio de uno de nosotros, pues eh señores, nosotros somos también descendientes de los dioses, poseemos su sangre, y por tanto somos superiores.
La multitud, todos, ni uno en falta, puso su cabeza contra el fango. El espectáculo de la bestia mayor sometiendo a los corderos, era digno a una de esas pinturas en el muro que solíamos hacer. Rojo, sombrío,falto de esperanza. Así fue el retrato de mis ojos, y el de muchos otros.
Entre tanto lamento, salió un hombre vestido de un ser similar a un perro. Nos decía él, que nuestro destino aún no estaba fijado.
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