viernes, 16 de mayo de 2014

Ideas 3

Hoy quiero salir a una simple caminata. Olvidarme que he vivido y contar todos mis pasos si es posible. Pues la vida se me ha presentado de una forma difícilmente bella. A veces desearía no haberle conocido solo para no haber sentido nunca en mi vida. ¿Pero que es la vida sin sentir? ¿Se le puede llamar vida? No estoy seguro de ello.

Constantemente su recuerdo ataca una y otra vez, a lo mejor solo quiero ser querido, o a lo mejor simplemente quiero tenerla como un capricho.

Suena estúpido decirlo una y otra vez.

No te amo por tu enfermedad, te amo por quien eres. Esa escencia que ocultas detras de tu anorexia es mi forma de amarte.

sábado, 10 de mayo de 2014

La noche

Abriorense mis ojos contemplando, la caricatura de mi cuerpo. Magullado, triste, escamoso, bello, así era mi cuerpo, que tendido en la cama se asfixiaba con el ambiente que se me había proporcionado. Doce mujeres muertas en la habitación y la sonata del diablo se tocaba, en tanto yo erguía mi figura sobre el duro suelo.

Un destello, una luz apoderose de mi percepción de la realidad. Era la ventana que estaba al lado izquierdo de mi cama. Los marginados marchaban de siete en siete contra el gobierno. Pero, ¿Qué gobierno? No era mi tiempo. Es más, ni eran mis vírgenes muertas, eran sucias perras de cualquier truhán.

Y aún así me conserve en el cuarto, inerte, temeroso, patético y sobre todo ridículo. Observando las paredes del cuarto. Eran siete en total, cada una de ellas escrita tenía una historia diferente.

La primera era una serie de palabras amontonadas en perfecta armonía. Escrita de un color rojo, similar a la sangre. La segunda también, tan solo que en esta había unas palabras escritas en mayúsculas, adorando a un dios. La tercera, solo tenía escrita la palabra dios. La cuarta, puso a Dios y al Hombre como dos palabras Distintas entre sí. La quinta me hizo pensar, pues tenía un discurso bastante extenso, del hombre y la naturaleza; Se decía en ella que el hombre había nacido como materia, había nacido de la creación de bastantes químicos entre sí, y por eso éramos pertenecientes a la naturaleza. Decía entre líneas, que nuestra muerte daba más materia, daba más por qué vivir. Nuestra vida y muerte no eran nuestras, éramos de la naturaleza. La sexta y sétima no tenían nada que aportar.

La puerta su abrió y se incorporó a la habitación un hombre calvo. Que tenía la piel arrugada y demasiado opaca. Cuyos ojos eran grises, su boca del mismo color también.

No se sorprendió al verme.

-¿Quién eres?

No se digno a contestarme; en cambio me mostró una superficie plana, de la cual se proyectaron distintas imágenes.

Era un espectáculo hermoso, se nos veía a nosotros los hombres, como nunca antes se nos había visto. No había tierra, ni naturaleza, solo habían construcciones de un hermoso color gris. No existían las razas, éramos una especie de hombres arios. ¡Que hermosura! ¡Que dicha de espectáculo! El sexo era permitido en cual parte del globo terráqueo. No había ni flora ni fauna. No habían bestias. No nos preocupábamos por las prendas de vestir, ni por el alimento. No comíamos.

No obstante, aún así le increpe, preguntándole su nombre.

Siguió él sin darme una respuesta; y paso a mostrarme otra serie de imágenes.

Estás eran una serie de paisajes menos hermosos, si por paisaje entendemos el rostro de los hombres. Se veía como habían nacido mil religiones en el mundo, a lo que me hizo cuestionar quedado el Dios escrito la pared. Y, como si ese artefacto leyera mi mente proyectó una Biblia quemada, y miles de personas al lado, todas ellas danzando. Que espectáculo más atroz.

-Yo, no tengo un nombre - dijo el hombre de grises labios.

-Claro que tienes un nombre, todos tenemos un nombre.

-Yo no. No recuerdo haber tenido uno.

-Si lo tienes, claro, a menos que no hayas tenido padres.
-¿Qué es un padre?

-¡Qué hablas hombre! Un padre y una madre son los seres que os dan la vida. No podéis ser hombre, si no habéis tenido padre, mucho menos sin haber tenido una madre. Yo digo que estas delirando.

-No, yo no tengo padres.

Le creía, tal vez simplemente quería tomarme el pelo; por otro lado, tal vez simplemente tenía vergüenza de decirme que era huérfano. Y aún así, me inspiraba tal confianza, que hizo que olvidara el tiempo, o el espacio en que nos encontrábamos.

-¿Dónde estamos? ¿Qué tiempo es este?

Su mirada hizo que la mía se desviara a la calle, donde ya no había ni un alma, también al mirar al piso las mujeres habían desaparecido. No reconocía ya el cuarto. Una capa de humo me estaba ahogando, consumiendo mi ser poco a poco.

Y volvió a aparecer.

-Estamos en la tierra, solo puedo decirte; pues no sé a que te refieres con tiempo. Ya no existen épocas. Ya no existen edades ni años.

Al termino de sus palabras el humo desapareció y ante mi se inauguró un paisaje rojizo, árido, con un sol de color rojizo también.

-Si esta es la tierra; ¿Dónde están los hombres? Si esta es la tierra ¡Decidme porque el sol esta de ese color! Porque parece estar muerto.

-¿Hombres? Ya no existen, hace mucho que dejaron de existir. Según tengo entendido, se extinguieron cuando el sol aún era de color amarillo. Ahora, como tu mismo has dicho está rojo, pues es el último día de la Tierra.

-¡Qué cosas hablas! ¡Me engañas! ¡Esta no es la tierra! ¡No! Si esta fuera la tierra, habrían grandes construcciones. ¡Edificios que toquen los cielos! ¡Calles que atraviesen los cerros! Si esta fuera la tierra existiría también un Dios, y Dios nunca permitiría que esto le pasará a su creación.

-Ay querido. Bienvenido te digo nuevo al último día del mundo.

-¡Mentira! Esta no es la tierra, y este es solo un maldito sueño.

Corrí, y corrí desesperado. Golpeándome con lo poco que encontraba; cuando vi un cráneo humano, y desfile de huesos que le seguía. Todos ellos en direcciones distintas de donde se hallaba una construcción. Vi entonces, lo que en su tiempo supuso ser un rascacielos.

-¿Ahora me crees?-Dijo el ser incorporándose.

-No es posible.

Negaba con todo mi ser. No era cierto, no lo era. Era un maldito sueño. Simplemente eso. Tal vez antes de dormir… Pero, no recuerdo haber estado en mi cuarto. No…

-Verás querido amigo, lo insignificante que es tu especie. Observa querido, es el resultado, no hubo ni religión, ni construcción que pudiera salvarlos. Aún en la historia de su planeta resultan como especie tan pequeños. Pero que no te cueste entender, ya no tiene caso. Nunca entendieron que no eran ni si quiera animales, pues ellos llegan a una armonía. ¡No! Tus semejantes eran parásitos. Y yo, bueno yo siempre fui la cura.

-Y ¿Quién eres tú?

-Soy el destino, querido.


Al terminar sus palabras, el sol se apago. No había más tierra, no había mas especie humana.

Gay

Cuando estaba en quinto de primaria, le dije a mi madre: “soy gay” ella me dijo que era imposible, yo había amado a las mujeres antes de ser concebido.

Cuando paseaba en los buses y los niños se subían, reservaba el asiento de mi lado para alguien que se sentará, y pocas eran las veces que alguien se sentó.

Ella me dijo, lo curaremos con algo de terapia y tal vez algo de religión.

Hice un bautizo, hicimos un desfile en mi habitación, una oración a dios, quisimos hacer una primera segunda y tercera comunión. Ella me dijo, ¿Por qué te gusta jugar a ser Dios?

No podía cambiar, incluso si mi madre lloraba. Este cariño por los gestos finos en un cuerpo varonil, hacía que mi cuerpo se pusiera tibio.

Mi cuerpo solía ponerse tibio; incluso cuando caminaba por las catedrales de esta ciudad.

Miles de caras me miraron extrañados, algunos me golpearon.

Por su lado al otro lado de este barrio, una niña al llegar a la secundaría preguntó si tenía sexualidad. No sabía que era un hombre, o que significaba ser una mujer.

Ilusiones tristes, pequeños y alegres momentos que quiso tratar de extender. Y siempre estaba un tanto fría, cuando veía el mundo a su alrededor.

Me hice amigo de muchas lindas señoritas, todas hablaban de lindos corazones y lo hermoso que era amar. Me dijeron que todo estaba en mi cabeza, únicamente tenía que conocer a dios, ser islamita, y saber que pronto estaría riendo.

Vean, que en la calle solían escupir a mis pies; por su lado a ella también solían escupir, un poco.

Se nos proporciono una atmósfera, similar a una serpiente cuando conocí a ese tipo de ser humano. Tenía un exterior de mujer, con rasgos de hombre también. Golpes gritos y llantos.

Pasaron varios años, y los conservadores aun me decían: “Alto, esto no esta bien”

A veces trataba de ser “normal” aunque a nadie dañaba, el que pudiese querer.

Por su lado, una sonrisa se dibujo en el rostro de esa pequeña persona. Los días los hacía lindos al momento y no había que recurrir al pasado.

Nos vimos una vez en una sala de cine. Hablamos del pasado, de como vestía como chico, y sostenía sus cigarros, como un chico, únicamente uno, podía hacerlo.

Hubieron unas cuantas sonrisas.


Todo estaba tan tibio.

La dulce nueva belleza

Se nos daba los encuentros fallados en nuestro tiempo. No todo tiempo pasado fue el mejor, pero a nuestros ojos a veces podía resultar lindo.

Habían marcas en nuestras manos, habían cicatrices en nuestras espaldas, la primera vez que nos acostamos, y si mal no recuerdo era de primavera.

Que un chico había abusado de ti cuando eras apenas una niña de doce años, y que una mujer sedujo tu corazón para darle los mismos abrazos a cualquiera que se pasaba delante de ella. Que por mi lado, era un inexperto y solo una vez había amado, y fracasado. Cada uno tenía su historia tan distinta al otro.

Y en nuestras palmas se juntaban nuestros más grandes deseos, algo separados.

Después de terminar el acto me dabas la espalda y luego volteabas. Yo veía la luz, que reflejaba tu espalda. Tus caderas se juntabas a mi torso, y tus huesos marcaban mi piel. Se había perdido algo entre nosotros, no sabíamos qué, ni cuando, ni por qué. Pero a veces parecía que simplemente nosotros dos, entre nosotros nos encontrábamos.

Que hubiese pasado, si no hubiésemos encontrado nuestras manos. Hubiésemos seguido nuestros caminos cada uno por separados.

Tu cuerpo fino, y la delicadeza de tu cuerpo, que había crecido entre la más grande miseria, seguía intacta, pese a los años y a las tristezas.

¿Y que decías cuando te contaba un cuento? Ya casi es imposible enmarcarlo en un recuerdo, a lado del borde de tu boca, el de tus senos, el de tus cabellos.

¿Cuanto tiempo se nos había pasado? Pareciese que hubiesen pasado días cuando, ya teníamos años, de que en si nos hubiésemos albergado.

En las tardes frías, cuando un cigarro decoraba tu mano, y reíamos de todos nuestros errores, y cicatrices, decías a veces con un tono burlesco, eres un idiota.


Y ahí se nos tenía muchas veces, dando una pequeña vista al pasado, observando con más amplitud del futuro. ¿Que haríamos mañana? Sacaríamos algunas cuantas sonrisas, tu obra sería la más cotizada entre las artistas de esta ciudad de plástico, mientras yo inmortalizara tu nombre en tantas cosas que escribía.

Nota 2 (Simples ideas)

Si tu vida no ha roto ya tus rodillas, quisiera invitarte a una larga y dulce caminata. Lejos, muy lejos de todo el mundo, incluso si la gente se burlara de nuestras sonrisas. Ellos tendrán sus razones.

Vayamos lejos de esta ciudad, antes que las llamas la incineren, los cinco infiernos. Por favor vayamos antes de que se nos venga la noche y no tengamos a donde escapar. Las paredes crujen, los pisos revientan, las putas salen y corretean. Solo dime, que fue lo que hicimos de niños.

Y aún así, por favor sostén mi mano, durante algunos años estaría, demasiado, espléndido. Mis ojeras suelen doler, igual que tus pies. No tengo razón de estar aquí. Si las tuviera, no parecieras tan decadente.

Vayamos lejos de esta ciudad, antes de que sea tarde. Antes de que vuelva tu confusión y tu vida de prostituta regrese, en Miraflores.

-Pero no importa, igual te amaré.

Y si pudiera, escaparía a un lugar donde las voces no recorran mi piel. Vamos, vamos a un lugar donde las níveas palomas no tengan tu virginidad.

Puedes correr, puedes beber y drogar tu ser, y aún así pretender ceder. Todos tus sueños rotos, están en una esquina en Miraflores.


Algún día hay que tomarnos de la mano ahí.

Cuentos en cama (Feria)

En nuestros dulces paseos, olvidamos al resto del mundo. No se nos hacía raro que ante nosotros se nos formara una larga fila de humanos. ¿Por que tiene los brazos y piernas cortadas? ¿Porque tienen tantas ropas rasgadas ambos? se preguntaban algunos.

Entre tantas tardes de salir a caminar, o regresar de diversos viajes, o nuestras propias aventuras paralelas, porque no podíamos consumirnos ambos todo el tiempo; pues no todo el tiempo era de ambos, si no el tiempo que contaba para los abrazos de la noche, la curación de tus heridas, los cuentos, los secretos, y un infinito en el resto. Nos hicimos muchas heridas.

Muchas veces ambos salíamos con cortes similares, pese a mi imagen de salud, y a tu imagen de enfermedad, nos igualábamos en las calles, tomados de las manos, hablando tan alto, que hasta los señores viejos molestábamos. Se nos hacía risibles sus gestos a nosotros.

Usábamos una misma cajetilla de cigarros, cierto trece de abril. Cuando salimos a ver un desfile en la calle, eran miles de mujeres de piernas largas presumiendo esos senos gigantes que aterraban; por otro lado los caballeros cubiertos de prendas. Unos cuantos carruseles y niños que servían al ejercito.

Nos perdimos entre la multitud, se nos separaron las manos. Y entre la multitud y la sofocación no pudimos encontrarnos. Grité desesperado donde estabas y no oí tu respuesta. Gritaste mi nombre tan bien, y no pude oír tu voz.

Entre todas las horas que pasamos separados, cuando propusimos que esa fuera una tarde juntos, vimos miles de personas distintas, con miradas dispersas, cada una en su vida, a nadie le importaba nuestra pequeña grandeza, e inmensa insignificancia. Nos pisaron y golpearon; y al caer las nueve, entre la basura nos encontramos vagando, cada uno con sus heridas en la piel.


Te tome de los brazos, preguntándote, como había ido tu día, y me lo contaste, por mi parte te conté una parte del mío. Nos dolían las piernas, los brazos. A nuestros lados unas cuantas personas nos miraron a puntos de caer en el suelo; Pero a nuestro ojos ese dolor era casi intangible, y pese a tener todo el cuerpo a punto de caer, y si tu caías te sostendría, todo el ambiente, seguía como siempre, bañado de los mismos colores que habían en nuestro hogar.

V Huesos

Hoy el sol se ha dibujado en la tierra una extensión
donde las huesulas liebres perdieron el corazón,
A diversos lados vaga la azulada princesa
cuyos pechos limones han sido tocados por la tristeza.

Y un ciervo grisáceo pasea a su lado,
pronto una marea obtendrá la mano
de la huesula princesa

mientras la abracen las verdes malezas.

IV

Suenan las voces de los albatros entre vivas y agonía
Laurita se ha dejado encantar por dulce poesía

Inician los lamentos de los padres
en escarpado silencio
los sonidos de la caracola
A los cortesanos
                          ha enmudecido

Ya no existe vida que llene la fuente de Laurita
Han pasado duques, reyes y plebeyos ¡Ninguno la solicita!

Al son de la sinfonía
                                 Laurita ha bailado
Ha movido los pies
                               soltado las manos

Ahora la muchedumbre ha muerto de hambre
ya no existen blancas matices
                                                en el cielo
mientras los albatros surcan los cielos.


Laurita les esta bailando

Parialismo

Yo no poseo lenguaje de vida, solo sirvo para relatar mi muerte.
Leonardo Calderón, postra cuerpo triste, juega al muerto
Leonardo Calderón, juega con nosotros a este futuro incierto
Cuando mueras por vida, obras lejos del tiempo.

Yo no quiero oír en tus ojos lo que alguna vez guardo tu alma
Leonardo Calderón, admira tu inerte cuerpo en la cama
Leonardo Calderón, juega con la vida como si fuera sonata

Yo no quiero más sacrilegios al borde la espina.

Leonardo Calderón, admira como se te ha ido la vida

II A la mulata peruana del siglo XX

Una mulata, únicamente una, ha ocultado el sol
         Somete
Al dios de los siervos,
                                   Al señor de los bueyes

                               El asfixia  enmarca
                                             recuerdos
                                              pasiones
 Sobre la penumbra se haya
 Exigiendo la fertilidad de los Andes

     Tristeza,
                  alimenta los sueños del pueblo
Se        nos      hace      largo      el      tiempo.
Ha pasado un minuto

A los oncenios
de once y once
¡Ay! a la mulata
                          La a seducido

En este gran tiempo
Reímos         un        minuto.
Se nos ha pasado la vida,

                                         hemos llegado al corazón de la muerte.

I

Cantando,
                ahí tienen a los albatros; ¡A la vida!
                ahí tienen a los albatros; ¡A la muerte!
                ahí tienen a los albatros; ¡Al dios!
                ahí tienen a los albatros; ¡Al hombre!
                ahí tienen a los albatros; ¡A lo nimio!
                ahí tienen a los albatros; ¡A lo ostentoso!
                ahí tienen a los albatros; ¡A las huesulas!
                ahí tienen a los albatros; ¡A las mujeres!


Y lloran.

Cuentos en cama

En las calles solía verme siempre en los espejos de una tienda, cuya principal atracción era una inmensa ventana de cristal. Que dentro contenía interesantes artículos, desde unos simples caramelos hasta billetes de sorteo, de un viaje a Madrid o Berlin.

Después de salir adolorado de la casa en la cual me había alojado tanto tiempo. Encontre en esa tienda un pequeño descanso, viendo a las personas pasar. Habían algunas jóvenes mujeres que pasaban de las manos con sus hijos, por otro lado había varios señores que caminaban con niñas tomadas de la mano. Y entre ambos había una niña que caminaba sola, cuya edad era diecisiete, no obstante su cuerpo parecía de trece, tenía mares en lugar de cabellos, y tenía pechos limones.

Se acercó al mostrador pidiendo unos cuantos cigarrillos, tenía tanta prisa, que resulto poco ortodoxo ir a preguntarle su nombre, o de donde venía, o cuales eran sus sueños. No obstante aún así me acerque, rozando con mi respiración su espalda, cuando volteo, me miro extrañada y se alejó por la puerta mayor.

Otros días volvieron a pasar cosas similares. Siempre venía, pedía dos cajetillas de cigarros y se iba. Resultaba la mezcla entre lo infantil y lo decadente. Entre lo elegante y lo risible. El señor del mostrador se reía de verme siempre con un libro observando la espalda de la joven.

-Se llama Fiorela, y vive a unas cuantas calles de acá. Nada más te puedo decir.

De escuchar eso, se me hizo una pausa en la garganta. Y a su regreso por su caja de cigarros me aventure a hablarle.

Nunca me había visto observarle, pero ya conocía la forma en la que sostenía los cigarros, o la forma en como se los acercaba lenta y cuidadosamente a la boca. La forma en como tambaleaba su cuerpo al caminar.

Nos saludamos, nos dijimos nuestros nombres, y caminamos un largo tiempo, a veces atinando a un tema en común que teníamos, otras en cambio, openiendonos completamente el uno al otro. Ella me contó algunas cosas, que estudiaba, y apenas un sueño. Yo le conte mis ambiciones y rió.

Me dijo ¿A quién le podrías escribir tú?


El día que viniste a vivir conmigo, no tenías casi nada de dinero. Estabas aislada de tu familia y ningún amigo quiso darte de casi ninguna manera. Eras tú y tus maletines, tus clases, y tu arte. Eras tú invadiendo el mundo de mi alcoba, mientras acomodábamos tus cosas en cada rincón.

Apenas nos conocíamos, y éramos apenas dos personas que se prestaban sus cigarrillos. O que salían y apenas si conversaban.

Al poner tus cosas sobres las mías, sabía que te necesitaba a mi lado. Quitabas de las paredes el tapiz y llenabas los espacios de tus colores, todo lo que no querías cerca lo quitabas, y aquello que se te interponía lo movías.

Dejaste tus ropas a un lado, donde yo pudiese verlas por completo. Te quitaste la camiseta que traías y de un lado del cuarto parecía que te ponías a hacer finos movimientos, cuando eran solo tus manos, siguiendo decorando.

Me salí por un lado para buscar algo que hacer en la calle, y al regresar una revolución se dio en mi habitación, no reconocía ya lo que alguna vez había sido gris. No era lo más hermoso, pero no era algo horrible. El decorado era tierno, y en alguna parte lo sentí tan minimalista y concreto.

En algún rincón ya te encontrabas leyendo mis archivos más secretos.

-Cuéntame algo de ti.

Te dije que era bastante ordinario, para ser yo. Cuando me contaste un poco de ti de vuelta. Algo sobre mujeres, algo de algunos hombres. No lo podía creer.

Nos sentamos como simples desconocidos, habías traído varios cd’s, y algunas películas, que nos pusimos a ver recostados en el sillón, viendo, la televisión. Había algo en tus ojos, había algo en la forma movías tu cuerpo para acomodarte.

Había algo que había cambiado; y no eran solo los espectros de mi cuarto. Si no todo lo que me rodeaba, mientras ya te empezabas a dormir.

Un día después ya estabas acomodada en mi cuarto haciendo todo un espectáculo con tus manos. Estabas en cada rincón poniendo algo tuyo. Habían bastantes flores, y algunos dibujos de seres desnudos.

Llegaron tus amigas, una banda de mujeres estrambóticas, de pechos grandes y grandes traseros. Y ahí, estabas entre ellas, como una simple sombra decorada de colores pálidos. Te trajeron vodka, bastante añejo, y unas cuantas pinturas que les habías regalado.

Cuando se fueron, susurraste. “Malditas perras”

Inmutado me sentaba y te pregunte, desde cuando las conocías. Tú dijiste que si apenas las conocías, que solo servían para llevarte de un lugar a otro y siempre lo habían hecho. Ya era otra la manera en la cual querías alojarte en una casa.

Te quitaste los zapatos y la prendas. Te quedaste sentada desnuda frente a mi, y vi un desfile de huesos en tu cuerpo. Te ponías tus vestidos, los probabas. Algunos te gustaban, mientras a otros planeabas hacerles cambios.

-¿Y por que te mudaste del lugar de al frente a este?

-No lo sé, tal vez quiero algo de compañía.

Te seguías vistiendo y desvistiendo. En tu espalda habían algunas cuantas pecas que parecían el cielo nocturno.

Dijiste ya está, cuando cogiste una playera que tenía dibujada un símbolo que no entendía. Me puse a reír por dentro, pues parecía que fuese una bata de dormir. Sacaste unos cuantos cigarrillos.

-¿Quieres uno?

-Tal vez.

Con dos dedos sacaste uno y me lo entregaste lentamente, en tus dedos habían cicatrices, y te pregunte por qué, y solo atinaste a sonreír.


Nos tenías a ambos en la habitación fumando dos cigarros. Habían cicatrices en tus manos, y en las mías curiosamente se estaban formando algunas de tener tanto contacto mi cuerpo con el piso.

Cuento Meloso 1 (La peor vida es la vida en la cual no vives sin querer)

Una vez me llego una carta, era una invitación a un gran baile, en una de las casas más elegantes de la época, situada al otro lado de la ciudad donde las casas parecían grandes palacios y todos tenían grandes pastos y jardines.

Tenías tu vestido, y por ese entonces te gustaba amarrarte el cabello, ponerte los tacones altos, y caerte al caminar con ellos. Por otro lado estaba yo, con mis prendas de señor de treinta años, cuando simplemente tenía veinte. Nos veíamos como niños pequeños tratando de ser adultos frente a nuestro espejo.

Desfilaste alegre cada uno de los vestidos, y reíamos de cual era el que no te quedaba. Todos hacían un perfecto encaje con tu delgado cuerpo, con la curva de tu espalda, que apenas si se llegaban a distinguir tus hermosos huesos. Y sobre tus piernas ocultas escondisteis nuestro secreto.

Al asistir vimos un banquete. Salude a varios invitados, conocimos muchos nuevos. Hablamos de arte, de política, de religión, pero cuando todo se torno aburrido, fuimos al pasto a revolcarnos en el suelo.

Miramos juntos el cielo, miramos las estrellas que parecían un poco más cercanas en ese tiempo. Me nombraste mil constelaciones que te habían impuesto, mientras yo cree algunas, con la curva de tus sonrisa, con la perfección de tus ojos. Entre delirios, y desidia por la ciencia, dije que tus cabellos eran mares del espacio, que tu eras el cielo nocturno. Comenzaste a reír tan fuerte que todos los vecinos te oyeron, al menos para esos oídos delicados que no se acostumbra al bullicio de los que gozan libres sus noches en el suelo.

Y entre tanto y tanto encontramos un pequeño rincón un ángulo donde ocultarnos. Era una casa que no tenía dueño, que había sido abandonada. Nos metimos a los cuartos, y vimos distintas prendas tiradas por el piso, te probaste algunas y las hurtaste. Yo ayude también a cargar ciertos polos que te habían parecido hermosos.

Vimos en los cuadros familiares, una pareja de esposos y un bebe. Dijiste que lo mejor sería que tu y yo tuviéramos un conejo, que pudiésemos querer los dos por igual.

Y al salir por la puerta trasera encontramos una fuente donde bañarnos. Tus ojeras lucían hermosas, como cristales. La forma de tus delicadas piernas se hacían más frágiles y podíamos haber muerto de hipotermia, pero entre juegos nos quedamos mojados, como si no importara que mañana pudiésemos aparecer muertos.

Así por unas cuantas horas duró nuestra estancia en esa casa. La invadimos e hicimos un desorden con ella. En el cuarto de visitas, hicimos una humadera. Y en la mesa dejamos uno de tus dibujos y uno de mis cuentos, para pagar los daños hechos.


Al amanecer, el sol golpeaba tu cara. Estabas algo resfriada, pero sonriendo, de haber arruinado tu rimel, tu vestido, tus tacones; pero ya estabas con la idea de comprar un conejo.

Tiempos de guerra.

Solía hacer largos paseos de noche, antes de que sea hora de regresar a casa. Hubo un tiempo, en que estuvimos en guerra, los hombres vestían de gris y a las mujeres se les obligaba a usar siempre los mismos vestidos al salir a la calle.

Y en el paradero de los buses siempre estaba sentada ella, con unas cuantas cajas de cigarro, porque o las vendía, o se las acababa entera. Tenía el cabello recogido, y una piel bastante nívea para ser humana; como si hubiese salido de un lago congelado. También tenía las piernas bastantes delgadas, a punto de romperse.

Yo iba siempre al paradero, mirando de reojo. Era un simple cadete, que solía enviar mensajes de un lugar de la ciudad a otro.

Siempre a las diez pasaba por allí y ella se iba siempre en la misma ruta de bus. Un día me aventure a preguntarle su nombre y corrió despavorida, habrán sido tal vez, mis zapatos o mi intimidan uniforme. Tenía una vaga sonrisa que hacía a mi mente imaginar una tierra bañada en sutiles matices de colores.

Otro día volví a pasar y le pregunté su nombre. Reconoció mi cara, y me dio un cigarro.

Pasamos la noche entera conversando, la cual no fue la mejor conversación debido a incómodos silencios. Hablamos un poco de todo. De música, de películas, ella tenía muchos artistas, yo apenas conocía algunos. Y algún día aspiraba a ser uno.

Paseamos y vimos bastantes crímenes regados por la ciudad, tantos que nos parecieron asquerosos. Recogimos algunos conejos que por ahí se hallaban, curiosamente ella hablaba de ellos como personas, y yo, le creía. Vi que algunos hasta besos daban a sus manos.

Y al momento de llegar a su casa la dejé, y seguí mi camino.

Todos los días pasaba y la veía siempre con la misma forma de sentarse y esperar el bus. A veces le saludaba desde lejos. A veces me ignoraba, otras veces me saludaba de vuelta.

Al terminar la guerra, me dediqué a seguir llevando cartas y a mandar las mías a alguna editorial. Casi nada había cambiado, excepto que la seguía viendo, ya no en el paradero. Si no en los parques, en el cine, y a veces recolectando conejos, incluso sobre los escombros de ciertas partes de la ciudad.

En la silueta de tu figura, hay varios encajes que hacen que me sonroje. Son tus prendas interiores, las que a la larga me han vuelto. Desde que la primera vez que las vi, cuando éramos apenas unos jóvenes, hasta el día hoy, que ya estamos envejeciendo.

Has sido una rebelde, trayendo siempre los mismos encajes de una niña de trece, y yo me he arrodillado ante esa figura tierna de tus piernas. He perdido la mente, y el uso de razón, con solo verte semidesnuda, al filo de la que solía ser nuestra cama. Qué más bien parecía una cámara de secretos.

Siempre a los lados nos mirábamos abstraídos del mundo.

Era un espectáculo divino, como tus bragas se bajaban y abrían el paso directo a que yo me acercara. A veces se bajaban solas, a veces yo las bajaba. Y se hacía un pequeño silencio entre los dos. Habían varios cigarros regados por la habitación. Unas cuantas colillas amontonadas, para forma un castillo después.

¿Que más era de nosotros? Ya casi no recuerdo. Solo estábamos ahí con nuestros ridículos cuerpos, inertes al borde de la cama. Solías bailar en mi torso, mientras una malévola sonrisa se te dibujaba.
Había del otro lado de tu cuerpo, unos pechos fuera de peso, eran tiernos y delicados. Eran color azulados, y solían mover mi ser a un mundo casi intangible. El color de tus pezones eran rosados. Color que se asimilaba al borde de tus labios.


De un borde a otro, de una realidad a otra solías movernos, a mi, a las otras tú al borde de la cama. Donde podíamos descansar. Un poco de ti, un poco de mi.

En los brazos del chico de lentes.

Me encontré muy desilusionado con la gente que a mi alrededor se situaba. Muchos bajistas altos de finos dedos y baterías de lindos lentes. Y ahí estaba él, sentado con los brazos cruzados, y sus tristes cabellos desbaratados le daban un aire a Buddy holly.

Me miró y torció su sonrisa, porque ya habían pasado años desde que tocábamos juntos en una banda, escapando nosotros, siempre de noche al terminar los espectáculos, a nuestra compartida cama,

Era un hombre bastante manso, y violento si le provocaban. Varias noches le provoque; y terminamos en arañazos, y muchas lágrimas. Siempre me dijo que estaría ahí con una pizca de heroína y con su guitarra para cuando mi voz estuviera de ánimo. Yo en cambio, era un hombre con rasgos de mujer.

Pero aquí estamos ahora, y al parecer no ha cambiado mucho excepto que ya no solemos arañarnos. Solo cuando nos enojamos mucho nos miramos furiosos; él ríe mucho, y yo no sé si reír. Junto con el resto, entre instrumentos de medio oriente y algunos sintetizadores nos ponemos a cantar.

Lo que me hace recordar, que siempre fui timido, especialmente con quienes me querían. Y fui terrible también con medio mundo. Y entre tantos impulsos me gane un buen puñado de enemigos. Eran días tan fáciles, que podíamos sentarnos a fumar todo el día, ahora, los días son un pocos más distintos, seguimos con los cigarros pero ya no existe esa esperanza de que nos vamos a librar.

Y me sigue esperando, y me mira. Y seduce, y deja que vuele mi imaginación. Una tierra de tristes colores, y su voz y guitarra de un chico tímido. Si salimos de esta podremos irnos tranquilamente a mi apartamento.

….

Y nos dirigimos juntos al apartamento.


Muchas cosas habían cambiado, nuestra música era distinta, en sus brazos no sentía inseguridad. Eramos dos tiernos chicos, con sonrisas inglesas. Los años me habían quitado mi aspecto de mujer, pero el aún seguía viendo una, mientras me encontraba en sus brazos.

Conversaciones entre dios y ella.

-¿A qué saben, los días de descanso? ¿Puedes decírmelo?

-Pues son extraños, puedes recostarte y no pensar en nada ni en nadie.-Dijo Dios.

-¿Así como si no me quisieran? Podría desaparecer de este infierno, ¿evaporarme?

-Este no es un infierno. Y si tu corazón lo siente así, pues permíteme decir que cometes en un grave error.

Dios se estaba sentando al lado de ella y le acariciaba el cabello. Ella lo tomaba como si fueran los abrazos de sus seres queridos, de su hermano, de sus padres, y lentamente se volvía de espaldas, y con un tono bajito de voz decía:

-¿Cómo no es un infierno? Has visto lo que han hecho, lo que yo también, en muchas ocasiones, y aún así dices que no lo es. No entiendo.

Dios se acercó; le señalo los montes, los campos verdes, las madrigueras y el espectáculo de una persecución. Eran cien lobos en busca de un conejo. Era escuálido, ridículo, torpe, pero nada le quitaba lo hermoso. Iba en busca de su muerte, y escapa a la vez. Era una belleza oculta entre el festival de sangre.

-Hija, tu eres ese conejo que se oculta.

-Sigo sin entender padre.

-Todas las cosas, hasta las minúsculas en este mundo cargan con una desgracia, una enfermedad. Por tus peso, tus livianos huesos, la forma en la que arqueas los dedos cuando fumas un cigarrillo, te harán siempre víctima de tus propios lobos. Pero igual que esa criatura, sigues siendo hermosa, fina delicada.

-No te creo Padre, me niego a que ablandes mi destino con esas palabras. Además no has aclarado el punto de que alguien me quiera. Ja, te he ganado.

-Que cosas hablas pequeña, bien sabemos que hay personas a las cuales les importas, que algunas no están cercas, otras han muerto. Claro, hubieron muchos que nunca lo hicieron.

-Entonces tu culpa padre.

-Y lo siento por ello, pero sabrás que tu amanecer será mejor.

-¿Y por qué habría de serlo?

-Por las cosas que planeo para ti.

Se retiró entonces planeando buscando, miles y miles de conejos la aceptaron como igual, la coronaron reina, le hicieron distintos bailes, algunos hasta aprendieron a hablar por ella, únicamente para decirle un te quiero.

Y a la mañana siguiente despertó siendo una más de ellos, aún en su cuerpo, se diferencio algo, pudo elegir su sexo, y decidir. Era libre, estaba libre. Seguía de dedos flacos, de piernas tan largas como frágiles, pero era libre.

Dios se le acercó en ese entonces y le dijo:


-Ya no habrá lobo quien te persiga.

Bienaventurado.

Bienaventurados los días de febreros que resultaban ser los más hermosos. El sofocante calor en mi espalda. Marcando y partiendo mi alma. Yo solo sabía que tenía que ir directo al mar. A encontrarme con mi destino.

Bienaventurado esos días en los cuales tenía siete años, y solía encontrar el amor de noche, entre tantas luces de neón, una cartera, y el sonido de las chicas similar al limón. Todas ellas siempre decían: “Ven a volar, conmigo están las estrellas y la luna estrellada.”

Que hermoso y lindo juego de zapatos.

Bienaventurado de mí, que no descubrí el amor hasta tener seis primaveras. Mi madre solía darme sola una galleta para las empresas que realizaba en el criadero al que llamábamos escuela. 

Y bien que amaba amaba esos días. La vida era más simple, más interesante también. No había la preocupación de morir, de ser o no un parásito. Habían lindas celdas en las cuales encerrarnos y un juego muy lindo al cual llamamos sonreír.

Que hermosos y bienaventurados días.

Mañanas en las que descubrí a que olía el rocío, o lo maravillosa de la más minúscula vida. Noches en las cuales las bellezas públicas, me acariciaban, mientras por sus lados pasaba.

Bienaventuradas ellas, que no descubrieron el amor. Que tal vez algún día lo hagan.

Bienaventurado el treinta de febrero. El día de mi muerte.


Que risa, que felicidad.

Infantería (Primer Borrador)

El sentimiento de dolor era grande en la parvada de humanos, sobre la cima del monte. Todos y cada uno de ellos entre si se gritaban: ¡Bestias! ¡Bestias! ¡Comida! ¡Comida! ¡Religión! ¡Mujeres! mientras que al otro lado del monte los animales preparaban un festín. Una buena comida. El cielo era azul, cayéndose en un gris metálico. Los corazones estaban afligidos, los corazones estaban injuriados. Y ahí entre toda la maldad, nació el primer hombre, que quiso hacerse con un bastón, ya sea para la muerte, ya sea para la guía.

¡Bastón hecho del hueso de la generación anterior! Era lo que solían gritarles las hembras. A lo que el contestaba siempre: ¡Los viejos a la tumba! ¡Los jóvenes a lo obra. Así se creo el hombre, y así siempre será.

Esta, era una vieja narración, que solía contarme contarme la Tía Tomasa. Y yo me quedaba fascinado siempre con los detalles que se comentaban. Grandes hombres que bajaban del blanco cielo, haciéndonos caminar en dos patas; historias de grandes hombres que derrumbaron ciudades. Era solo un niño, y solía asustarme.


Los días eran casi asfixiantes, la tía Tomasa, solía llevarme a un campo donde los niños trabajábamos por el bien del otro. Niño con niño, tomados de la mano. Y si mi mente mal no lo recuerda, la regla siempre fue el que encuentre, comparte. Y así era nuestra vida de infantes.

Una vida de infantes, plagada de tanto trabajo, que apenas si tuvimos tiempo para las cosas de la vida. No teníamos tiempo para esas cosas importantes, que acontecía una revolución entre nosotros. ¿Por qué el cielo cambia el color? ¿Por qué la luna no ama el sol? ¿Por qué el sol mientras más brilla, más daña el cuerpo del hombre? ¿Por que trabajamos? 

Nunca tuvimos el tiempo completo; o eso era lo que yo pensaba.

Entre la comunidad, había una clase de niños más listos. Que siempre solían con báculos caminar, evitando el trabajo y ganándose el alimento de nosotros. Diciendo todos ellos: “Tenemos figuras que crear, pues llegara el día en que ellos sucumban ante nosotros”. Y yo perplejo, con temor me asustaba, ¿Crearían ellos una bestia con la cual luchar? ¿Crearían ellos una bestia a la cual hay que entregarle el trabajo? En ese entonces yo no sabía. Eramos solo unos niños para preocuparnos en las bestias, siempre había una cosa que hacer, una cosa que dominar.

Habían tierras para todos nosotros. Lugares, donde podríamos cultivar la tierra. Ganar carne. Comer, tragar, absorber, parasitar, destruir. Pues, si el Recuerdo no quiere unirse al Egoísmo, dejara a mi mente, invocar, los días de traslado. Habíamos agotado muchos ríos, muchas tierra, extinguido una que otra fauna. Eramos una clase distinta de animal, podíamos dominar a los seres pequeños. Eramos como pequeños dioses en la tierra. Dioses en una comunidad.


No había si mal recuerdo una niña, que nos diera un abrazo toda la vida. Todas ellas, en mayor o menor medida, eran bellezas públicas. “La mujer se comparte, la mujer no es de uno, el hombre al trabajo, y la mujer a satisfacer al hombre; Así siempre ha sido, así siempre será”, la tía tomasa siempre decía esto, antes de tomarme como un neófito de la vida, y hacerme acostar en su lecho.

No obstante, había algo curioso en las hembras, que molestaba a mi ser. Todas ellas, cada una, eran bastas y horribles. Excepto una de ellas, Georgette,  la que al campo solía ir conmigo, siempre con la carga liviana, pues no se sentía mujer, no obstante, nunca pudo hacerse hombre.


-¿Por que hacemos esto?- le pregunté georgette una tarde de cosecha.
-Porque la comunidad es buena, eres de la comunidad. No puedes largarte de ella, y aunque quisieras, somos una familia, de distintas madres, es cierto pero somos una familia, no somos bestias que viven en el campo, no somos bestias que surcan los aires. No tenemos alas, ni dientes largos, ni grandes patas para destruir árboles. Simplemente, somos bestias que pueden cosechar, y de cuando en cuando matar a los pequeños animales, que encontramos por ahí. Después nada. Solo tenemos el trabajo, la familia, la tierra, y la Muerte que siempre espera. Recuerda, somos unas simples bestias.

-¿Por que?

-Porque así siempre ha sido; Así siempre será.

¿Que tenía de especial el trabajo? ¿Qué tenía de especial la familia? ¿A donde íbamos? De donde veníamos. Era siempre las preguntas, que formulaba. Y todos, siempre en complot, tal vez contra mi, siempre contra mi, solían decir: “Así siempre ha sido; Así siempre será? Pero acaso, ¿no les molesta ello?

….

-Vivimos en una terrible miseria- Solía comentarme siempre la tía tomasa, cuando llegaba a nuestra choza, después repartir su belleza ante los demás.-pero no importa acércate y hazme el amor. Hazme olvidar.

¿Y como podía yo negarme a ello? Era un impulso, terrible, pero acogedor. Un incendio que recorría, dentro de mi ser, pero aún así, gustaba mucho. Era un espectáculo entre nosotros dos, tan bello, como horripilante a los ojos de otro. Una conferencia de nuestros cuerpos desnudos, debatiendo el poder. ¿Cómo podía no gustarme? Si siempre yo marcaba el fin del espectáculo, y siempre el que obtenía el poder de los dos, era yo.


Los días siempre fueron, monótonos, a excepción por los días en los cuales todos gozábamos dentro de la misma choza, un espectáculo, dado por los hombres de níveos cabellos. En las paredes rojas pinturas de nosotros, eran plasmadas. Las eternas empresas para conseguir la carne, la siempre hermosa y magistral manera de darle muerte a un animal. Nuestras manos dominando bestias más grandes. Era un espectáculo de arte, bestia con bestia aprendiendo la ley de la subsistencia. Y siempre fuimos, según los hombres de postura encorvada, las bestias mas fuertes.

No obstante todo dio un giro el día que la familia Goman, una familia que solía siempre reunirse en cuevas alejadas y sacar de su cuerpo algo de humo, introdujo algo revolucionario, que atentaba con muchos de nosotros. Algo que según ellos decía era el inicio, y el fin de nuestros días. Se les decía por esos entonces Dioses.

Eran figuras antropomórficas, llenas de heridas en el cuerpo, que, según ellos eran las heridas de nuestros actos funestos. De cabezas prominentes, parecidas a las bestias que solían llevarse a nuestros hermanos. Unas de ellas tenía la cabeza de un perro, y los ojos de una lechuza, nos dijeron a los convocados, que era el más temible de todos. Era el guardián de la entrada a una tierra compartida entre dos mundos, donde todos nuestros caminos se anexaban, y terminaban. Si bien podía llevarnos a un lugar, al cual los goman, les decía cielo, por otro lado podía llevarnos a un terrible escenario llamado infierno, nombrada por ellos mismos también.

Pasmados todos con la mirada, solo apuntaron a lanzar un grito a los aires. Todos, gritaban despavoridos “Ahora, ¿a dónde iré a ocultarme? ¿Que lugar es seguro?”. Pero nadie, en esa reunión pudo dar una respuesta. Los Goman, habían desaparecido.


El tiempo había transcurrido muy lento, demasiado lento inclusive para aquellos que solo dedicaban el día al cierre de los ojos y al aumento del monte de carne. Nadie sabía que hacer o decir, los Goman habían desaparecido, y unos a otros, todos se atormentaban con ideas. “¿Y si el infierno sube a la tierra? Sería una desgracia. Toda una vida gastada. ¡Que insignificantes todos!” eran las tristes palabras mas escuchadas por esos días.

Entonces vi que por ahí paseaba Carisma, una de las más hermosas mujeres que habitaban entre nosotros. Aún no era una belleza pública, pues su padre siempre, al acercamiento de un hombre solía salir con armas en mano y gritarnos. Pues sí, en más de una ocasión me había acercado.

-¿Que haces paseando tan sola, con tantos hombres sueltos Carisma?

-¿Es una broma? Es un día especial para pasear. Ademas no hay porque preocuparme, todos se preocupan en los supuestos dioses. ¿No has visto? Hay mucho trabajo sin terminar. Pero no me sorprende todos son iguales.

-¿A qué te refieres?

-Es que no lo ves, esta preocupación terminara en una dependencia hacia los dioses, muchos se arrodillaran pidiendo perdón, otros en cambio dejaran el trabajo en el campo para adorarlos toda la vida. Pobre de ellos, se perderán de esto tan lindo que llamamos vida. ¿Y tú crees en los dioses?

-No lo sé Carisma, ¿Cómo no creer en algo que ha sido inmortalizado en piedra?

-Es cierto, olvidé Leonardo, que aún eras solo un niño. Apenas dos años ¿Cierto? Recuerdo tu edad, el momento en el que me tocó vivirla, pareciese que han pasados miles de vidas desde entonces, y mira que aún tengo tres años. Pues te explicare, ¿vez eso que crece en la tierra?
Esa jovial flor, pues ella mismo nació, y ella misma alcanzará la muerte, no hay nadie sobre ella, nadie que pueda evitar que con el tiempo resulte hermosa, u horripilante, ya depende de como ella crezca. Pues bien, en algo nos parecemos a las flores, con el paso del tiempo nos hicimos así de extraños, recurriendo a algo que nosotros llamamos trabajo, para poder florecer. Y no nos ha ido tan mal. ¿No lo crees?

-Pues, hasta hoy nunca he visto nada terrible, nada que me haga querer abandonar el hogar. El hogar siempre ha sido hermoso. Siempre ha sido una buena unión entre todos nosotros. Me costaría pensar que alguien se “marchite”.

-Exacto Leonardo, el hogar, este hogar en el que vivimos, es un paraíso para nosotros. Así siempre fue, pero no se quedará así para siempre. Llegará el día, pues mi padre, que ha viajado por otras tierras suele decírmelo seguido, en el cual, no todo será perfecto. Llegará el día negro en el cual se nos impongan grandes seres. Serán causantes de nuestra belleza, también de nuestro terrible infortunio. Amaremos a la muerte y a la vida por igual. Nuestras empresas serán por alguien, ya no serán nuestras; y el día que marchitemos, a nuestro alrededor, veremos una multitud de flores otorgandonos un pase al más allá. Nos darás a nosotros objetos para ir a ese lugar que tanto mencionan.


La duda que había plantado en mi Carisma, se vio disuelta el día en el cual los Goman, realizaron la primera revolución. La revolución del dios. Y ahí se nos vio a todos nosotros, arrodillados en el fango, por el temor a que nos comiera e hiciera de nosotros un festín.

Mil metros medía, quince cabezas poseía y en sus brazos bastones poseía. Uno de la vida, otro de la muerte. Y se nos presento como el creador del universo, el que todo lo sabía. El que todo lo predecía. Controlador del funesto destino. Tenía hijos regados por todo el mundo, la maldad, la pereza, el egoísmo, la violencia, el amor, la felicidad, y otros tantos cuyos nombres no importaron.
Pues eran muchos y variados.

Entonces entre toda la multitud de hombres congregados, se alzo Francisco, incitando entre nuestros corazones, la bienvenida  de la palabra del “dios”

-Aceptad señores, señoras, a este Dios sobre los otros. Aceptadlo y temedle, pues suyo es vuestro destino. Suyo son vuestros deseos y maldades. El decidida vuestro camino, los erguirá en el camino del bien, o sus hijos los llevaran a la funesta muerte como un árbol torcido. ¡Infelices! Toda la vida lo serán si no han de obedecer.

Y así en un acto de magnitud colosal, el hombre agacho por primera vez la cabeza.

-Eso me gusta, eso me encanta de ustedes; Ahora bien. El Dios presente, os hará una revelación, por medio de uno de nosotros, pues eh señores, nosotros somos también descendientes de los dioses, poseemos su sangre, y por tanto somos superiores.

La multitud, todos, ni uno en falta, puso su cabeza contra el fango. El espectáculo de la bestia mayor sometiendo a los corderos, era digno a una de esas pinturas en el muro que solíamos hacer. Rojo, sombrío,falto de esperanza. Así fue el retrato de mis ojos, y el de muchos otros.


Entre tanto lamento, salió un hombre vestido de un ser similar a un perro. Nos decía él, que nuestro destino aún no estaba fijado. 

Gato

Suelo siempre a las tres de las cuatro de la mañana seguir despierto, inclusive aún si me mata el sueño. Escuchando suaves sonidos de criaturas de plástico. Dándome siempre algo de lo que hablar. Mintiendo, siempre a mis padres, que he tenido, un sueño dulce y profundo, donde he sido recorrido por suaves manos provenientes de mi abuela, acabando en tiernos abrazos de mi madre.

Esto no sería gracioso, de no ser por el gato que constantemente observa mi toscos pies desde la ventana. Con una mirada inocente y un pelaje blanco, lo hace muy bien, para ser un simple gato. Mirándome directamente a los ojos y ocultado una sonrisa confidente, solo conocida por Alexandra, mi primer amor.

Así me mira el gato desde ese espacio casi sombrío, cada noche antes que mi mano caiga en mi sexo, y de acción a mis fantasías más remotas. De mujeres similares a cadáveres, en camas de flores, rogándome amor. No obstante esta noche es diferente, la ventana esta abierta, y el gato puede entrar si es que lo desea.

Nos miramos suavemente, y no hay reacción en su mirada. Sigue tierna, sigue corriendo fuera de mi. Y con cierto temor, acerco mi mano a mi sexo. Entonces, entra a mi habitación tomando la forma de una mujer que me es muy familiar.

Su piel, se pone de color pálida, y adopta la figura de una mujer que apenas cuarenta y tres kilos puede pesar. Sus ojos siguen siendo negros y su cara se asemeja a la niña de mis pesadillas, Alexandra.

-Cállate y no digas nada - Dice ella con cierto deseo.

Coge mi mano, la aparta de mi sexo. Y su boca, firme y pequeña, cuyos labios rojos carmesí, se acercan poco a poco hacia mi. Mientras, en otro movimiento de su cuerpo, su mano toma acción y hace que la mía juguete con su sexo, como si fuéramos dos mariposas jugando dentro de una flor.
Revoloteamos, entre ambos. Ella también colabora, poniendo su mano en la punta de mi sexo, y comenzando suavemente a bajar, y a subir, y de nuevo, a bajar. Haciendo un espectáculo de nosotros dos.

-Solo trata que sea despacio - Me dice mientras su sexo se acerca al mío, y comenzamos un rito siniestro entre ambos.

-Te lo prometo… - Le digo, pero no me deja continuar, ella ha empezado a gemir, como un animal. Como un sucio animal.

Su mueve tan bien cuando se poned arriba de mi, que solo me hace pensar en cuanto durara. Y tiene en sus ojos una cara de tristeza, se nota, que es su primera vez, y le duele cada movimiento que doy, y, como si fuera un juego de niños empieza a maullar.

Cada mauleo hace que este a punto de terminar. No obstante no puedo, me gustan sus pequeños pechos, y la forma en la cual se mueve su espalda cuando se retuerce, o la manera en como sus labios se humedecen.

Empieza a gritar palabras de amor, y yo le correspondo como su fiel sirviente. Más cuando llegamos al momento de decirnos un “te amo” ella desaparece. Y ya no puedo sentir mis pies, ni mas brazos, ni los latidos de mi corazón solo una penumbra dentro de mi, y una risa que se escucha desde la ventana.

Despierto y encuentro una nota de mi madre. La cual decía que habían encontrado el cuerpo de Alexandra en la madrugada, cuando eran las cuatro según se comenta. En su cama habían varios arañazos, evidentes señales de una violación, y al costado de su inerte pálido y delgado cuerpo una nota que decía.
“Ya no aguanto más tener que soportar estar encima de tu cuerpo, respirar tu aire, sentir rozando siempre tu sexo con el mío. No lo tolero. Por eso nunca dije que te amaba.”

En la ventana, curiosamente aparece un gato, que es de color negro. Tiene ojos negros, similares al que vino hace unas horas, cuando aún era de madrugada. Me recorre sutilmente con la mirada, demostrando la falta de interés hacía mi, pero yo le ignoro.


Me doy cuenta entonces, observando la nota, que yo no amaba a Alexandra. Es más, no recordaba inclusive como era su cara, ni boca, mucho menos sus palabras. Solo recordaba el increíble sexo que me daba cuadra vez que lo hacíamos frente a todos sus gatos, en la ventana de su casa.

Nota 1. (solo simple ideas)

Conocí a esta mujer anoche, ella me ayudo a poder regresar a mi casa. Y me decía suaves cosas al oído. “Que tu esposa no te merece, que tus hijos son solo un peso” eran solo parte de las tantas palabras que ella dijo.

Esta mujer tenía el labio color carmesí, y me decía que no parase de acuchillarla. Y yo, obediente le decía: “Solo déjame tocarte otra vez”.

Tenía este amor naciendo en mi. Tenia este amor, dentro de mi corazón, en la punta de mis instrumentos de creación. Dentro de mí, simplemente, dentro de mí.

Ella me dijo después que su sangre se sacara, “no puedo decirte mi nombre”

¿Por qué no intento rescatarme? Si tengo este amor, loco de pasión dentro de mi. Un amor loco lleno de furia.

“Solo vete niño, hay otras tantas mujeres que se dejan acuchillar por tu navaja”

Pero la luna era negra esa noche, y dentro de mi nacía un nuevo calor. Que al regresar con mi esposa, y mis tantos hijos, lloraría porque es fugaz.

Tengo este amor naciendo dentro de mí. Este tierno y corrupto amor naciendo en mí.

Y su piel relata sus crímenes, al tocarla otra vez.

Y este amor, nace en mí.

Esta tarde las cosas son distintas. Conseguí su numero, y me hice pasar por un señor de una rica empresa, cuyos empleados son simples hombres sin casa.

¿Por qué ella aún así no puede amarme? Si tengo todo este amor dentro de mi


Ella viene posa su mochila en mi mesa de noche y volvemos a jugar con tijeras, y muchos pañuelos llenos de sangre.

Princesa de enero

Cuando enero existió en tiempos de comuna
tu infancia dulce se arrimaba entre hambruna
en los brazos del viejos roble
Hoy no existen vientos, ni ese roble.

Alguna vez en verano tus conejos
saltaron pastizales desprevenidos
Ahora en vez de pasto hay una tierra comunista
que albergan los lobos de las praderas.

Existieron alguna vez un par de girasoles
cuando en el cielo se levantó enero
ya en los tristes campos
han muertos al abrirse un sol eterno.

Y en tus partes alto, arriba de la catedral
gallinazos sin plumas se posaron
esperando a las níveas palomas

que tu nombre llevaron.

Ideales.

¿Como hacer que mis aires
no sientan los tuyos?
¿Como hacer?
¿Debo elevarme como las aves
hundirme bajo los mares?

Quisiera encerrar mis aires
Bajo cualquier otro minúsculo objeto del mundo
En un ángulo vetusto y vacío;
Lugar dónde tus lágrimas no pudiesen formar ríos.

Mas por otro lado, es un desastre,
cada vez que agitamos las alas, tu y yo.
Nos unen siempre los tornados,
como el golpe de un escudo
que fue atracando por dos manos en guerra.

¿En que guerra morimos?
¿Qué escudo protegemos?

Triste levante, el que trae mis vientos