sábado, 10 de mayo de 2014

La noche

Abriorense mis ojos contemplando, la caricatura de mi cuerpo. Magullado, triste, escamoso, bello, así era mi cuerpo, que tendido en la cama se asfixiaba con el ambiente que se me había proporcionado. Doce mujeres muertas en la habitación y la sonata del diablo se tocaba, en tanto yo erguía mi figura sobre el duro suelo.

Un destello, una luz apoderose de mi percepción de la realidad. Era la ventana que estaba al lado izquierdo de mi cama. Los marginados marchaban de siete en siete contra el gobierno. Pero, ¿Qué gobierno? No era mi tiempo. Es más, ni eran mis vírgenes muertas, eran sucias perras de cualquier truhán.

Y aún así me conserve en el cuarto, inerte, temeroso, patético y sobre todo ridículo. Observando las paredes del cuarto. Eran siete en total, cada una de ellas escrita tenía una historia diferente.

La primera era una serie de palabras amontonadas en perfecta armonía. Escrita de un color rojo, similar a la sangre. La segunda también, tan solo que en esta había unas palabras escritas en mayúsculas, adorando a un dios. La tercera, solo tenía escrita la palabra dios. La cuarta, puso a Dios y al Hombre como dos palabras Distintas entre sí. La quinta me hizo pensar, pues tenía un discurso bastante extenso, del hombre y la naturaleza; Se decía en ella que el hombre había nacido como materia, había nacido de la creación de bastantes químicos entre sí, y por eso éramos pertenecientes a la naturaleza. Decía entre líneas, que nuestra muerte daba más materia, daba más por qué vivir. Nuestra vida y muerte no eran nuestras, éramos de la naturaleza. La sexta y sétima no tenían nada que aportar.

La puerta su abrió y se incorporó a la habitación un hombre calvo. Que tenía la piel arrugada y demasiado opaca. Cuyos ojos eran grises, su boca del mismo color también.

No se sorprendió al verme.

-¿Quién eres?

No se digno a contestarme; en cambio me mostró una superficie plana, de la cual se proyectaron distintas imágenes.

Era un espectáculo hermoso, se nos veía a nosotros los hombres, como nunca antes se nos había visto. No había tierra, ni naturaleza, solo habían construcciones de un hermoso color gris. No existían las razas, éramos una especie de hombres arios. ¡Que hermosura! ¡Que dicha de espectáculo! El sexo era permitido en cual parte del globo terráqueo. No había ni flora ni fauna. No habían bestias. No nos preocupábamos por las prendas de vestir, ni por el alimento. No comíamos.

No obstante, aún así le increpe, preguntándole su nombre.

Siguió él sin darme una respuesta; y paso a mostrarme otra serie de imágenes.

Estás eran una serie de paisajes menos hermosos, si por paisaje entendemos el rostro de los hombres. Se veía como habían nacido mil religiones en el mundo, a lo que me hizo cuestionar quedado el Dios escrito la pared. Y, como si ese artefacto leyera mi mente proyectó una Biblia quemada, y miles de personas al lado, todas ellas danzando. Que espectáculo más atroz.

-Yo, no tengo un nombre - dijo el hombre de grises labios.

-Claro que tienes un nombre, todos tenemos un nombre.

-Yo no. No recuerdo haber tenido uno.

-Si lo tienes, claro, a menos que no hayas tenido padres.
-¿Qué es un padre?

-¡Qué hablas hombre! Un padre y una madre son los seres que os dan la vida. No podéis ser hombre, si no habéis tenido padre, mucho menos sin haber tenido una madre. Yo digo que estas delirando.

-No, yo no tengo padres.

Le creía, tal vez simplemente quería tomarme el pelo; por otro lado, tal vez simplemente tenía vergüenza de decirme que era huérfano. Y aún así, me inspiraba tal confianza, que hizo que olvidara el tiempo, o el espacio en que nos encontrábamos.

-¿Dónde estamos? ¿Qué tiempo es este?

Su mirada hizo que la mía se desviara a la calle, donde ya no había ni un alma, también al mirar al piso las mujeres habían desaparecido. No reconocía ya el cuarto. Una capa de humo me estaba ahogando, consumiendo mi ser poco a poco.

Y volvió a aparecer.

-Estamos en la tierra, solo puedo decirte; pues no sé a que te refieres con tiempo. Ya no existen épocas. Ya no existen edades ni años.

Al termino de sus palabras el humo desapareció y ante mi se inauguró un paisaje rojizo, árido, con un sol de color rojizo también.

-Si esta es la tierra; ¿Dónde están los hombres? Si esta es la tierra ¡Decidme porque el sol esta de ese color! Porque parece estar muerto.

-¿Hombres? Ya no existen, hace mucho que dejaron de existir. Según tengo entendido, se extinguieron cuando el sol aún era de color amarillo. Ahora, como tu mismo has dicho está rojo, pues es el último día de la Tierra.

-¡Qué cosas hablas! ¡Me engañas! ¡Esta no es la tierra! ¡No! Si esta fuera la tierra, habrían grandes construcciones. ¡Edificios que toquen los cielos! ¡Calles que atraviesen los cerros! Si esta fuera la tierra existiría también un Dios, y Dios nunca permitiría que esto le pasará a su creación.

-Ay querido. Bienvenido te digo nuevo al último día del mundo.

-¡Mentira! Esta no es la tierra, y este es solo un maldito sueño.

Corrí, y corrí desesperado. Golpeándome con lo poco que encontraba; cuando vi un cráneo humano, y desfile de huesos que le seguía. Todos ellos en direcciones distintas de donde se hallaba una construcción. Vi entonces, lo que en su tiempo supuso ser un rascacielos.

-¿Ahora me crees?-Dijo el ser incorporándose.

-No es posible.

Negaba con todo mi ser. No era cierto, no lo era. Era un maldito sueño. Simplemente eso. Tal vez antes de dormir… Pero, no recuerdo haber estado en mi cuarto. No…

-Verás querido amigo, lo insignificante que es tu especie. Observa querido, es el resultado, no hubo ni religión, ni construcción que pudiera salvarlos. Aún en la historia de su planeta resultan como especie tan pequeños. Pero que no te cueste entender, ya no tiene caso. Nunca entendieron que no eran ni si quiera animales, pues ellos llegan a una armonía. ¡No! Tus semejantes eran parásitos. Y yo, bueno yo siempre fui la cura.

-Y ¿Quién eres tú?

-Soy el destino, querido.


Al terminar sus palabras, el sol se apago. No había más tierra, no había mas especie humana.

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