Bienaventurados los días de febreros que resultaban ser los más hermosos. El sofocante calor en mi espalda. Marcando y partiendo mi alma. Yo solo sabía que tenía que ir directo al mar. A encontrarme con mi destino.
Bienaventurado esos días en los cuales tenía siete años, y solía encontrar el amor de noche, entre tantas luces de neón, una cartera, y el sonido de las chicas similar al limón. Todas ellas siempre decían: “Ven a volar, conmigo están las estrellas y la luna estrellada.”
Que hermoso y lindo juego de zapatos.
Bienaventurado de mí, que no descubrí el amor hasta tener seis primaveras. Mi madre solía darme sola una galleta para las empresas que realizaba en el criadero al que llamábamos escuela.
Y bien que amaba amaba esos días. La vida era más simple, más interesante también. No había la preocupación de morir, de ser o no un parásito. Habían lindas celdas en las cuales encerrarnos y un juego muy lindo al cual llamamos sonreír.
Que hermosos y bienaventurados días.
Mañanas en las que descubrí a que olía el rocío, o lo maravillosa de la más minúscula vida. Noches en las cuales las bellezas públicas, me acariciaban, mientras por sus lados pasaba.
Bienaventuradas ellas, que no descubrieron el amor. Que tal vez algún día lo hagan.
Bienaventurado el treinta de febrero. El día de mi muerte.
Que risa, que felicidad.
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