sábado, 10 de mayo de 2014

Cuentos en cama

En las calles solía verme siempre en los espejos de una tienda, cuya principal atracción era una inmensa ventana de cristal. Que dentro contenía interesantes artículos, desde unos simples caramelos hasta billetes de sorteo, de un viaje a Madrid o Berlin.

Después de salir adolorado de la casa en la cual me había alojado tanto tiempo. Encontre en esa tienda un pequeño descanso, viendo a las personas pasar. Habían algunas jóvenes mujeres que pasaban de las manos con sus hijos, por otro lado había varios señores que caminaban con niñas tomadas de la mano. Y entre ambos había una niña que caminaba sola, cuya edad era diecisiete, no obstante su cuerpo parecía de trece, tenía mares en lugar de cabellos, y tenía pechos limones.

Se acercó al mostrador pidiendo unos cuantos cigarrillos, tenía tanta prisa, que resulto poco ortodoxo ir a preguntarle su nombre, o de donde venía, o cuales eran sus sueños. No obstante aún así me acerque, rozando con mi respiración su espalda, cuando volteo, me miro extrañada y se alejó por la puerta mayor.

Otros días volvieron a pasar cosas similares. Siempre venía, pedía dos cajetillas de cigarros y se iba. Resultaba la mezcla entre lo infantil y lo decadente. Entre lo elegante y lo risible. El señor del mostrador se reía de verme siempre con un libro observando la espalda de la joven.

-Se llama Fiorela, y vive a unas cuantas calles de acá. Nada más te puedo decir.

De escuchar eso, se me hizo una pausa en la garganta. Y a su regreso por su caja de cigarros me aventure a hablarle.

Nunca me había visto observarle, pero ya conocía la forma en la que sostenía los cigarros, o la forma en como se los acercaba lenta y cuidadosamente a la boca. La forma en como tambaleaba su cuerpo al caminar.

Nos saludamos, nos dijimos nuestros nombres, y caminamos un largo tiempo, a veces atinando a un tema en común que teníamos, otras en cambio, openiendonos completamente el uno al otro. Ella me contó algunas cosas, que estudiaba, y apenas un sueño. Yo le conte mis ambiciones y rió.

Me dijo ¿A quién le podrías escribir tú?


El día que viniste a vivir conmigo, no tenías casi nada de dinero. Estabas aislada de tu familia y ningún amigo quiso darte de casi ninguna manera. Eras tú y tus maletines, tus clases, y tu arte. Eras tú invadiendo el mundo de mi alcoba, mientras acomodábamos tus cosas en cada rincón.

Apenas nos conocíamos, y éramos apenas dos personas que se prestaban sus cigarrillos. O que salían y apenas si conversaban.

Al poner tus cosas sobres las mías, sabía que te necesitaba a mi lado. Quitabas de las paredes el tapiz y llenabas los espacios de tus colores, todo lo que no querías cerca lo quitabas, y aquello que se te interponía lo movías.

Dejaste tus ropas a un lado, donde yo pudiese verlas por completo. Te quitaste la camiseta que traías y de un lado del cuarto parecía que te ponías a hacer finos movimientos, cuando eran solo tus manos, siguiendo decorando.

Me salí por un lado para buscar algo que hacer en la calle, y al regresar una revolución se dio en mi habitación, no reconocía ya lo que alguna vez había sido gris. No era lo más hermoso, pero no era algo horrible. El decorado era tierno, y en alguna parte lo sentí tan minimalista y concreto.

En algún rincón ya te encontrabas leyendo mis archivos más secretos.

-Cuéntame algo de ti.

Te dije que era bastante ordinario, para ser yo. Cuando me contaste un poco de ti de vuelta. Algo sobre mujeres, algo de algunos hombres. No lo podía creer.

Nos sentamos como simples desconocidos, habías traído varios cd’s, y algunas películas, que nos pusimos a ver recostados en el sillón, viendo, la televisión. Había algo en tus ojos, había algo en la forma movías tu cuerpo para acomodarte.

Había algo que había cambiado; y no eran solo los espectros de mi cuarto. Si no todo lo que me rodeaba, mientras ya te empezabas a dormir.

Un día después ya estabas acomodada en mi cuarto haciendo todo un espectáculo con tus manos. Estabas en cada rincón poniendo algo tuyo. Habían bastantes flores, y algunos dibujos de seres desnudos.

Llegaron tus amigas, una banda de mujeres estrambóticas, de pechos grandes y grandes traseros. Y ahí, estabas entre ellas, como una simple sombra decorada de colores pálidos. Te trajeron vodka, bastante añejo, y unas cuantas pinturas que les habías regalado.

Cuando se fueron, susurraste. “Malditas perras”

Inmutado me sentaba y te pregunte, desde cuando las conocías. Tú dijiste que si apenas las conocías, que solo servían para llevarte de un lugar a otro y siempre lo habían hecho. Ya era otra la manera en la cual querías alojarte en una casa.

Te quitaste los zapatos y la prendas. Te quedaste sentada desnuda frente a mi, y vi un desfile de huesos en tu cuerpo. Te ponías tus vestidos, los probabas. Algunos te gustaban, mientras a otros planeabas hacerles cambios.

-¿Y por que te mudaste del lugar de al frente a este?

-No lo sé, tal vez quiero algo de compañía.

Te seguías vistiendo y desvistiendo. En tu espalda habían algunas cuantas pecas que parecían el cielo nocturno.

Dijiste ya está, cuando cogiste una playera que tenía dibujada un símbolo que no entendía. Me puse a reír por dentro, pues parecía que fuese una bata de dormir. Sacaste unos cuantos cigarrillos.

-¿Quieres uno?

-Tal vez.

Con dos dedos sacaste uno y me lo entregaste lentamente, en tus dedos habían cicatrices, y te pregunte por qué, y solo atinaste a sonreír.


Nos tenías a ambos en la habitación fumando dos cigarros. Habían cicatrices en tus manos, y en las mías curiosamente se estaban formando algunas de tener tanto contacto mi cuerpo con el piso.

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