sábado, 10 de mayo de 2014

Cuento Meloso 1 (La peor vida es la vida en la cual no vives sin querer)

Una vez me llego una carta, era una invitación a un gran baile, en una de las casas más elegantes de la época, situada al otro lado de la ciudad donde las casas parecían grandes palacios y todos tenían grandes pastos y jardines.

Tenías tu vestido, y por ese entonces te gustaba amarrarte el cabello, ponerte los tacones altos, y caerte al caminar con ellos. Por otro lado estaba yo, con mis prendas de señor de treinta años, cuando simplemente tenía veinte. Nos veíamos como niños pequeños tratando de ser adultos frente a nuestro espejo.

Desfilaste alegre cada uno de los vestidos, y reíamos de cual era el que no te quedaba. Todos hacían un perfecto encaje con tu delgado cuerpo, con la curva de tu espalda, que apenas si se llegaban a distinguir tus hermosos huesos. Y sobre tus piernas ocultas escondisteis nuestro secreto.

Al asistir vimos un banquete. Salude a varios invitados, conocimos muchos nuevos. Hablamos de arte, de política, de religión, pero cuando todo se torno aburrido, fuimos al pasto a revolcarnos en el suelo.

Miramos juntos el cielo, miramos las estrellas que parecían un poco más cercanas en ese tiempo. Me nombraste mil constelaciones que te habían impuesto, mientras yo cree algunas, con la curva de tus sonrisa, con la perfección de tus ojos. Entre delirios, y desidia por la ciencia, dije que tus cabellos eran mares del espacio, que tu eras el cielo nocturno. Comenzaste a reír tan fuerte que todos los vecinos te oyeron, al menos para esos oídos delicados que no se acostumbra al bullicio de los que gozan libres sus noches en el suelo.

Y entre tanto y tanto encontramos un pequeño rincón un ángulo donde ocultarnos. Era una casa que no tenía dueño, que había sido abandonada. Nos metimos a los cuartos, y vimos distintas prendas tiradas por el piso, te probaste algunas y las hurtaste. Yo ayude también a cargar ciertos polos que te habían parecido hermosos.

Vimos en los cuadros familiares, una pareja de esposos y un bebe. Dijiste que lo mejor sería que tu y yo tuviéramos un conejo, que pudiésemos querer los dos por igual.

Y al salir por la puerta trasera encontramos una fuente donde bañarnos. Tus ojeras lucían hermosas, como cristales. La forma de tus delicadas piernas se hacían más frágiles y podíamos haber muerto de hipotermia, pero entre juegos nos quedamos mojados, como si no importara que mañana pudiésemos aparecer muertos.

Así por unas cuantas horas duró nuestra estancia en esa casa. La invadimos e hicimos un desorden con ella. En el cuarto de visitas, hicimos una humadera. Y en la mesa dejamos uno de tus dibujos y uno de mis cuentos, para pagar los daños hechos.


Al amanecer, el sol golpeaba tu cara. Estabas algo resfriada, pero sonriendo, de haber arruinado tu rimel, tu vestido, tus tacones; pero ya estabas con la idea de comprar un conejo.

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