En nuestros dulces paseos, olvidamos al resto del mundo. No se nos hacía raro que ante nosotros se nos formara una larga fila de humanos. ¿Por que tiene los brazos y piernas cortadas? ¿Porque tienen tantas ropas rasgadas ambos? se preguntaban algunos.
Entre tantas tardes de salir a caminar, o regresar de diversos viajes, o nuestras propias aventuras paralelas, porque no podíamos consumirnos ambos todo el tiempo; pues no todo el tiempo era de ambos, si no el tiempo que contaba para los abrazos de la noche, la curación de tus heridas, los cuentos, los secretos, y un infinito en el resto. Nos hicimos muchas heridas.
Muchas veces ambos salíamos con cortes similares, pese a mi imagen de salud, y a tu imagen de enfermedad, nos igualábamos en las calles, tomados de las manos, hablando tan alto, que hasta los señores viejos molestábamos. Se nos hacía risibles sus gestos a nosotros.
Usábamos una misma cajetilla de cigarros, cierto trece de abril. Cuando salimos a ver un desfile en la calle, eran miles de mujeres de piernas largas presumiendo esos senos gigantes que aterraban; por otro lado los caballeros cubiertos de prendas. Unos cuantos carruseles y niños que servían al ejercito.
Nos perdimos entre la multitud, se nos separaron las manos. Y entre la multitud y la sofocación no pudimos encontrarnos. Grité desesperado donde estabas y no oí tu respuesta. Gritaste mi nombre tan bien, y no pude oír tu voz.
Entre todas las horas que pasamos separados, cuando propusimos que esa fuera una tarde juntos, vimos miles de personas distintas, con miradas dispersas, cada una en su vida, a nadie le importaba nuestra pequeña grandeza, e inmensa insignificancia. Nos pisaron y golpearon; y al caer las nueve, entre la basura nos encontramos vagando, cada uno con sus heridas en la piel.
Te tome de los brazos, preguntándote, como había ido tu día, y me lo contaste, por mi parte te conté una parte del mío. Nos dolían las piernas, los brazos. A nuestros lados unas cuantas personas nos miraron a puntos de caer en el suelo; Pero a nuestro ojos ese dolor era casi intangible, y pese a tener todo el cuerpo a punto de caer, y si tu caías te sostendría, todo el ambiente, seguía como siempre, bañado de los mismos colores que habían en nuestro hogar.
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